La cultura tiene que ver con lo que somos. Define lo que hacemos, cómo nos comportamos y qué valoramos. También es clave para la consecución de una visión parroquial. Al igual que la parábola del sembrador de Jesús (Mateo 13 1-23), cuando proyectamos nuestra visión en una cultura tóxica, no hay fruto. Sin embargo, cuando proyectamos nuestra visión en una cultura sana, la visión se hace realidad y da fruto. Además, la cultura puede cambiar y de hecho cambia. Está determinada por lo que celebramos y lo que toleramos. Al evaluar la cultura, resulta útil no sólo reflexionar sobre nuestra propia experiencia parroquial, sino también considerar las experiencias de los demás, especialmente de los invitados y los recién llegados. Para formar una cultura sana, debemos ser intencionales sobre cómo expresamos nuestros valores y expectativas para la parroquia. Además, debemos tener claro cómo y por qué tomamos decisiones, y en qué medida estas decisiones tienen como objetivo final comprometer a los feligreses y empoderarlos para la labor de la misión. La cultura es importante, y debemos comprenderla si esperamos cambiarla. La cultura desempeña un papel fundamental. Es una fuerza impulsora de resultados; influye en la forma de interactuar de las personas, en el funcionamiento de los equipos y en la moral de la parroquia en general.